– No hay luz como la de la luna, Lucas.

– ¿Cómo que no? ¡La del sol, David!

– La del sol es fuerte, Lucas. Demasiado fuerte. Un rayito basta para despertarnos a la mañana. En cambio, la luna nos ilumina cuando es de noche. Ni mucho, ni poco. Lo suficiente.

David y Lucas eran amigos, grandes amigos. Podían pasar horas jugando sin discutir ni pelear, aunque al momento de charlar no siempre se interesaban por los mismos temas.

– David, quiero jugar a las cartas. ¿Cuánto tiempo más te vas a quedar en la ventana mirando esa bola blanca?

– Lo que haga falta, Lucas.

– ¿Lo que haga falta para qué? ¿Qué tiene que pasar?

– Que Camila mire la luna al mismo tiempo que yo…

– ¿Estás enamorado, David?

– Shhhhh…

– ¿Por qué me callás? ¿Te da vergüenza?

– ¿Eh? No, yo no fui. Fueron las hojas del árbol. Las ramas se mueven y hacen “shhhhh”. ¿No lo escuchás?

En ese momento, un grito desaforado hace temblar las paredes:

– ¡¡¡¡Goooooooool!!!! ¡¡¡¡Goooooooool!!!!

– ¿¿Y eso??

– Es el vecino nuevo, Lucas. Mira los partidos por la tele y cree que está en la cancha. Cada vez que lo cruzo en la calle, me dice: “Nene, vos tenés pinta de crack, donde juegues vas a ser goleador”. Se la pasa hablando de fútbol…

– ¡Como vos de la luna, David!

– Ahhh –suspiró David-. La luna es única. Es nuestra única luna. Otros planetas tienen un montón de lunas. Marte tiene dos que parecen rocas gigantes, ni siquiera son redondas. Júpiter tiene 67, demasiadas. Algunas son de hielo. Otras, de piedra y más piedra. Se dice que en una podría haber millones de bichos viviendo debajo de la superficie. ¿Te imaginás tantas cucarachas juntas? Un espanto. En cambio, nosotros tenemos una sola y es tan hermosa…

– ¿Nosotros, quiénes?

– Nosotros, los que vivimos en el Planeta Tierra, Lucas. ¿O acaso vivís en Mercurio vos?

– No, yo vivo en mi casa. Y, por lo que veo, vos te la pasás en la luna, David.

– Mirala, Lucas, hoy está sonriente. Algo bueno sucederá.

– Bah…

De pronto, una bocanada de aire fresco entró por la ventana y apaciguó el calor de verano en el cuarto de David.

– Se ve que el viento nos quiere mimar un poco, Lucas. ¿Qué hacés que no venís? No sabés lo que te estás perdiendo.

– No me pierdo nada. Si hoy no veo la luna, la veo mañana.

– Puede ser, pero ahora está llena, más llena que nunca. Además, está bien blanca y radiante, como si se preparara para una fiesta.

– ¿Y quién la invitó, Saturno?

– Qué gracioso, Lucas…

¿Qué sabés, David? Tal vez Saturno quiera regalarle uno de sus anillos y proponerle casamiento. ¿Qué te parece?

– Lo que me parece es que me estás cargando. Ya llegará el día en que conozcas a una chica y hables más en serio del amor, Lucas.

– ¿¿Cómo?? ¿No era que no estabas enamorado?

– ¡No! Bueno, sí… Es que es tan linda…

– ¿Quién, David? ¿La luna?

– ¡No! ¡Camila!

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