El diente se movía para un lado y para el otro. Se balanceaba, miraba hacia abajo y temblaba de miedo. No quería caerse.

– ¡Dale, diente! –le decía Elena-. ¡Caete que quiero que venga el Ratón Pérez!

– ¡Qué nena maleducada! –pensaba el diente-. Me grita y ni siquiera sabe mi nombre… Soy el incisivo lateral. Estoy entre tus paletas y el colmillo derecho –le explicaba. Pero Elena no lo escuchaba. Solo sentía que el diente se movía.

– ¡A comeeeeeeer! –llamaba la mamá de Elena desde la cocina y al incisivo lateral se le revolvía la panza porque sabía que la nena iba a masticar cuanto pudiera con tal de derribarlo.

Todos los mediodías, cuando Elena se sentaba a la mesa, al pobre incisivo los nervios se le ponían de punta. Intentaba tranquilizarse, respiraba hondo y juntaba fuerzas para ser duro y filoso como un cuchillo, pero llegaba la sopa, que lo hacía transpirar desde la corona hasta la raíz, y todo el cuerpo se le aflojaba. Más que un cuchillo, el incisivo parecía gelatina…

Para colmo, después venía la carne, que lo abrazaba con sus fibras y lo empujaba hacia abajo. Allí lo esperaba la lengua con un río de saliva que desembocaba directamente en la garganta.

– ¡No me quiero caer! ¡Elena me va a tragar! ¡Voy a terminar en el estómago! –se lamentaba el diente.

El colmillo derecho, que hasta entonces se había limitado a escucharlo, decidió consolarlo:

– Todos los dientes de leche vamos a caer algún día y, cuando eso pase, lo más probable es que Elena no nos trague. Seguramente, nos dejará en la almohada para que nos pase a buscar el Ratón Pérez -le comentó en tono calmo.

– ¿Y si me lastimo al caer? ¿Y si choco con el colmillo de abajo y me parto al medio?

– El Ratón Pérez puede reconstruirte y dejarte como nuevo. Bah, exactamente como nuevo no, porque los dientes de leche nos caemos cuando estamos un poquito viejos –acotó en voz más baja el colmillo. De inmediato, dijo con firmeza: -Pero no creas que él te va a abandonar. ¡No, no, no! ¡Todo lo contrario! Te buscará por la noche y te llevará en el asiento de atrás de su autito a control remoto hasta su laboratorio, donde un equipo de mil ratones trabaja sin cesar para pulirnos y convertirnos en perlas.

– ¿Quién te contó eso? ¿Conocés algún diente que se haya convertido en perla? –le preguntó curioso el incisivo.

– Nadie se lo contó. El colmillo inventa historias para que no tengamos miedo –interrumpió la paleta, que se hacía llamar incisivo central derecho para distinguirse del izquierdo, con quien no se hablaba desde que masticaron el último alfajor. Según ella, su compañero se llevó la parte más grande…

La paleta le confesó en voz baja a su vecino que ella también sentía temor y que le daba tristeza verlo tambalearse.

– A mí me gusta estar al lado tuyo –le susurró. Vos sabés compartir las galletitas. Sos muy dulce conmigo.

A esa altura, el incisivo estaba más colorado que un durazno, aunque no tanto como un tomate de esos bien rojos que venden en la verdulería de la esquina.

– ¡Como sea, caer te vas a caer! –sentenció un poco celoso el colmillo en el preciso momento en que Elena comenzó a tomar la sopa bien caliente de cabellos de ángel.

– ¿Y si le digo a la lengua que se eleve y me lleve despacito hasta los labios? –insistió el incisivo bañado en caldo y con un fideo envolviéndolo como si fuera una gran bufanda amarilla-. Desde ahí, con un suave soplido, podría depositarme en la mesa del comedor para que los papás de Elena me vean, me laven y me cuiden hasta que Pérez me traslade a su laboratorio.

– ¡Pero vos querés la alfombra roja, el spa y la camita preparada! –le reprochó el colmillo, que ya se estaba cansando de tanto capricho.

– ¿Es mucho lo que pido? –dijo algo irritado el incisivo lateral.

– Para ser un simple diente, sí.

– ¿Un simple diente? ¡Soy el que muerde la piel de la manzana cuando Elena la come en gajos! ¡Soy el que debe soportar los caramelos pegajosos que ustedes no saben masticar! ¡Soy el que…!

– Bueno, bueno, bueno –volvió a interrumpir la paleta-. Estás dando muchas vueltas y lo cierto es que a mí también me llegó la hora de caer.

– ¿Cómo “a mí también”? ¿Qué pensás hacer? –le preguntó el incisivo con voz temblorosa y los ojos de hueso bien abiertos.

– Me voy a tirar y vos vas a venir conmigo –respondió ella con coraje.

Acto seguido, la paleta se columpió hasta golpear fuerte al incisivo lateral. Ambos cayeron sobre la lengua, que sintió el impacto y les avisó a los labios. Juntos, los depositaron en un borde del plato de Elena, que observó la situación con asombro, porque nunca se le habían caído dos dientes al mismo tiempo.

– ¡Se cayeron! ¡Se cayeron! –gritó entusiasmada la nena, mientras alzaba su mano derecha y agitaba como un trofeo la cuchara.

La paleta y el incisivo la miraban desde el plato. Los esperaba una ducha en la pileta del baño y, después, la almohada calentita.

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