Tic, tac, tic, tac, tic, tac…

Las agujas del reloj despertador no dejaban dormir a Isaías. El quería concentrarse en un pensamiento que lo condujera directamente al sueño, pero no podía.

Cerraba los ojos, respiraba hondo y se imaginaba caminando junto con sus papás por la playa. La brisa era suave, la arena estaba calentita y las olas formaban una espuma brillante como los rayos del sol.

Cuando parecía que iba a soñar con ese paisaje maravilloso, volvía a escuchar el insoportable tic, tac, tic, tac, tic, tac…

– ¡Este reloj no me va a ganar! –se dijo.

Isaías se levantó de la cama decidido a taparlo con algo. Tomó la frazada, pero en seguida se arrepintió.

– No es buena idea. Voy a tener frío.

Entonces, tomó la sábana y comenzó a enrollarla para envolver bien al reloj, pero también se arrepintió. Recordó que la frazada en contacto con la piel le causaba picazón.

Lo mejor era taparlo con la almohada. Total, no siempre la usaba para dormir.

Isaías estaba preocupado. Al otro día, tenía clases y la maestra de matemáticas podía tomar prueba sorpresa.

– No puedo ir dormido a la escuela –pensó.

Tic, tac, tic, tac, tic, tac…

El reloj parecía burlarse de Isaías. Sonreía. Eran las 10.10 de la noche.

– ¡Ahora te vas a callar!

Isaías dobló la almohada formando un techo triangular sobre el reloj y lo tapó. Se frotó las manos conforme con su decisión y regresó a la cama. Acomodó la sábana blanca con dibujos de animales, extendió la frazada verde y azul y se acostó.

– Ahora sí, a dormir que mañana tengo que estar bien atento –se dijo, y practicó por última vez la tabla del 9.

Volvió a cerrar los ojos y se imaginó jugando al fútbol en el club. Era una gran jugada: Isaías llevaba la pelota pegada a su pie derecho, gambeteaba a tres rivales y definía picándola por encima del arquero.

“¡Golazo de vaselina!” -exclamaba su relator favorito.

Esa misma jugada la había ensayado el día anterior, pero en lugar de tres rivales, superó solo a uno y, cuando picó la pelota, el arquero la atrapó con una mano y se burló de Isaías:

– ¿Qué pasa, nene? ¿Te querés hacer el canchero y no te sale?

¡Qué bronca le agarró!

En cambio, en el sueño, el arquero saltaba pero no llegaba a la pelota, que terminaba inflando la red y provocando el festejo de todo el equipo.

Isaías estaba durmiéndose con una mueca de satisfacción cuando en sus oídos se coló de nuevo el tic, tac, tic, tac, tic, tac…

Cuando entró en razón, no lo podía creer.

– ¡¿Tiene volumen este reloj?! –se preguntó furioso.

Intentó ignorarlo y volver a su sueño feliz, pero no había caso. Cambió de posición en la cama, fijó la mirada en el techo para no pensar en el reloj, luego se tapó hasta la cabeza para estar bien a oscuras, pero el ruido entraba por los oídos, no por los ojos.

¡Tic, tac, tic, tac, tic, tac!

Isaías pensó en una solución drástica. Sintió ganas de romper el reloj, pero lo tenía desde chiquito y, aunque no era una mascota, le había tomado cariño. Además, entendió que si lo hacía, su mamá lo retaría y con toda la razón.

¿Qué le iba a decir? ¿Qué lo había roto porque subía el volumen de sus campanillas cuando él lo tapaba? ¿Qué el reloj no lo quería dejar dormir? Podía ser cierto, pero no sonaba creíble.

También se le ocurrió llevarlo al living, ¿pero si despertaba a su perro Leopoldo? “Polito”, como él lo llamaba, podría asustarse con el tictac y ladrar hasta despertar a toda la familia.

¿Cómo explicaría la presencia del despertador en el living? No había forma…

– ¡Esto no tiene solución! –se lamentó.

Isaías se levantó otra vez de la cama, quitó la almohada de encima del reloj y lo miró fijo por unos segundos, casi resignado.

– ¡Lo único que quiero es dormir, amiguito! –le dijo en tono de súplica.

Lo observó un rato más y, entonces, comprendió que algo andaba mal. Eran las agujas. Ya no marcaban las 10.10. Ahora indicaban las 8.20. Habían retrocedido. No tenía sentido…

– Estás triste, relojito.

Lo tomó con sus manos, acarició las campanillas rojas y le susurró:

– Voy a sacarte las pilas así vos también podés descansar. Mañana, seguramente, me despertará mamá.

Después de sacar las pilas con cuidado y guardarlas en el cajón de la mesita de luz, acomodó la almohada en la cama y se acurrucó con el reloj a su lado.

– Que duermas bien, Isaías –escuchó, y al fin se durmió.

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