Cuando era chiquito y apenas sabía caminar, conocí a Jacinto, un perro grande y peludo que se la pasaba subiendo y bajando unas escaleras muy altas en la casa de unos amigos de mis papás.

Subía las escaleras dando grandes saltos, las bajaba sin miedo a caer y rápidamente volvía a trepar.

–  Vení, perrito -le dije.

Jacinto frenó de golpe, dio media vuelta, bajó despacito, escalón por escalón, y se me acercó con la lengua afuera. Estaba exhausto.

Cuando me tuvo al lado, agachó el hocico esperando un mimo. Yo lo acaricié y ¡zas!: Jacinto apoyó sus patas en mi pecho y me tumbó para darme un beso bien perruno.

– ¡Puaj!, ¡qué asco! –chillé, pero al final me acostumbré.

Cada vez que me veía entrar a su casa, Jacinto bajaba las escaleras a toda velocidad y me empujaba con fuerza para llenarme de saliva hasta los ojos. Después yo me levantaba y corría al jardín con él saltándome por los costados.

A medida que pasaban los meses yo me volvía más fuerte y Jacinto ya no me derribaba con tanta facilidad, pero igual lo intentaba. Entonces yo me dejaba caer así él me daba su beso de bienvenida.

En el jardín, le hacía buscar de todo: desde huesos de cuero que Jacinto masticaba como chicle hasta zapatillas viejas a las que intentaba sacarles los cordones. Cuantas más cosas encontraba, más contento se ponía y aullaba como loco si no repetíamos el juego.

Yo lo quería tanto a Jacinto que le puse su nombre a mi perro de peluche. Y tanto nos extrañábamos cuando no nos veíamos que me hice fotografiar por mi mamá sentado en un banco de la plaza para que pudiera verme todos los días dentro de su cucha.

Aquello era amor en serio. Amor de un nene por un perro y amor de un perro por un nene.

Una tarde, en mi pieza, me puse a jugar con el perro de peluche y una pelotita de tenis. Lo hacía ladrar, tiraba la pelotita a un rincón y corría con el peluche. Cuando la atrapaba, lo abrazaba como si fuera Jacinto.

– ¡Sos requetegenio! –le decía y le movía la cola con frenesí.

Así estuve hasta la noche. Primero, atrapando la pelotita. Después, haciendo como si desatara los cordones de mis zapatillas o persiguiera gatos y pajaritos.

Cené rápido con mis papás y quise seguir jugando, pero caí rendido en la cama. “ZZZZZ…”

Mientras dormía, tuve la sensación de que Jacinto apoyaba su hocico en mi cara y movía mi brazo derecho con sus patas para levantarme y jugar.

Me desperté de golpe, me froté los ojos y vi al peluche sobre mi hombro.

– ¡Qué raro! –pensé. Lo miré fijo un instante, suspiré y volví a roncar como si nada. “RRRRR…”

Al día siguiente, fuimos a la casa de Jacinto. Me esperaba al pie de la escalera con una pelota de tenis como la que tenía en mi casa. Eso sí, rebotaba muy poco porque entre tanto diente filoso se había desinflado.

Después de jugar un largo rato en las escaleras y en el living, la pelota quedó tan maltrecha que le dije:

– No la quiero más, Jacinto. Hagamos otra cosa.

No sé si me entendió, pero igual no me la dio. Y salimos al jardín a revolcarnos en el pasto.

Aunque sabían de mi amor por Jacinto, mis papás me vieron embarrado de pies a cabeza y me retaron feo:

– ¿Qué es eso de dejar que el perro apoye sus patas sucias sobre tu remera nueva? ¡Nos vamos ya! –ordenó mi mamá, mientras mi papá me llevaba a rastras hasta el auto.

Así volví a casa, llorando por el abrupto final de la visita y tan enojado que tiré al suelo el alfajor de chocolate que me compraron en el camino para calmarme.

– ¡No quiero nada! ¡Son malos! –les grité, y abrí con bronca la puerta de mi cuarto.

Quería hundir la cabeza en la almohada y no pensar en nada, ni siquiera en Jacinto, pero cuando terminé de ahogar las penas y en los ojos ya no tenía más lágrimas, alcé la vista y mi perro de peluche me sorprendió: Lo tenía a mi lado, con la pelotita de tenis entre sus patas.

No era la pelotita de siempre. Estaba muuuuuy desinflada, como si la hubiera mordido Jacinto, mi perro preferido.

– ¡Vamos a jugar! –exclamé, y el peluche ladró de alegría hasta el anochecer.

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